viernes, 26 de mayo de 2017

La violencia de Venezuela

 Hay que sumar unos 13.000 heridos y más de 2.000 personas detenidas, muchas de ellas puestas a cargo de la justicia militar. Para intentar detener la espiral de violencia, la Conferencia Episcopal lleva a cabo varias iniciativas, algunas públicamente y otras de forma discreta, «apelando a la sensatez» de unos y otros, cuenta en esta entrevista el cardenal arzobispo de Mérida. Pero para desbloquear la situación la Iglesia considera imprescindible la convocatoria de elecciones libres. El Gobierno, por el contrario, ha optado por una huida hacia delante con la convocatoria de una Asamblea Constituyente títere del oficialismo.

¿Por qué la celebración de una Asamblea Plenaria extraordinaria de obispos la pasada semana?
La situación que atraviesa el país lo necesitaba. Primero, para informarnos bien [los obispos] y compartir entre nosotros los diversos criterios de actuación. Y desde ahí se lanzó un mensaje hacia fuera por medio de una exhortación. Las cosas han cambiado cualitativamente desde que el presidente convocó una Asamblea Constituyente, lo que supone saltarse el marco constitucional vigente para intentar imponer un sistema más parecido al cubano o a la antigua Unión Soviética. Creemos que no es así como se solucionan los problemas reales del país, que son la falta de alimentos y medicamentos, además de la inseguridad, debido fundamentalmente a la impunidad con que actúan los colectivos [NdR. Grupos parapoliciales afines al Gobierno].

Al término de la Plenaria un grupo de obispos recibió a una delegación encabezada por el presidente de la Comisión Presidencial para la Asamblea Nacional Constituyente, Elías Jaua. ¿Hubo algún avance?
Realmente no hubo diálogo. A la pregunta sobre la situación del país y la petición de respuestas a las necesidades reales y urgentes de la población, la respuesta fue: «Eso no nos toca a nosotros, venimos a hablar solamente de la Constituyente». Y sobre esto, la posición de la Iglesia es conocida. Se habla de un proceso popular, democrático, participativo…, pero no es así. La Constituyente quiere imponerse y lo estamos viviendo y padeciendo incluso en los centros educativos de educación Primaria y Secundaria, también en los de la Iglesia [NdR. Alusión a la llamada Constituyente educativa, sesiones obligatorias de propaganda política en escuelas y universidades]. Ya hemos tenido varios casos de colegios que han intentado contrarrestar eso, ofreciendo a los alumnos otras explicaciones de personas que no pertenecen al equipo oficialista. Se presentan los supervisores de Educación prohibiendo que se haga, amenazando con multas y cierres.

En Semana Santa se produjeron agresiones contra iglesias. ¿Continúan las amenazas?
Vemos casos concretos. Aquí, en Mérida, el Gobierno ha puesto una cámara en la puerta del palacio arzobispal para grabar quién entra y quién sale. Y tenemos a [colectivos] motorizados que rondan las iglesias, las casas curiales… Todo eso se sigue dando. Suelen ir con pasamontañas, con la cara tapada y fuertemente armados. Actúan impunemente. Contra ellos no actúa la fuerza pública.

La respuesta de los obispos fue la celebración el domingo de una Jornada de Oración por la Paz de Venezuela, el primero de varios actos programados para esta semana.
La del domingo fue una jornada muy bella, hermosa y creativa, una jornada de oración, de ayuno y de caridad, con exposición del Santísimo, rezo del rosario y otras manifestaciones de fe. Fue también una jornada de ayuda y de servicio, con visitas a enfermos y ollas comunitarias, igual que se hizo en la Cuaresma, especialmente para atender a las personas más necesitadas, como niños desnutridos y ancianos. Gracias a Dios esto se pudo realizar en paz, pero no está claro lo que pueda pasar en el futuro. Hay ansiedad, desaliento…, en contraste con el discurso oficial llamando a la paz, como si la violencia proviniera de la otra parte. No hay una congruencia entre el discurso oficialista y las acciones de represión, fuera de todo lo que pudiera considerarse un respeto mínimo a la vida.

¿En qué sentido?
Son centenares ya los muertos y los heridos, y no solo por, digamos, armas normales para la represión de una manifestación, como las bombas lacrimógenas. Ahí tenemos que llamar la atención sobre la cantidad de millones que, en estos años, se ha gastado el Gobierno en la compra de armamento. Queremos hacer un llamado a los países que venden armas, entre ellos lamentablemente España [NdR. En 2016, España vendió material a las Fuerzas de Seguridad venezolanas por valor de 2,6 millones de euros, pero el Gobierno español suspendió las exportaciones en marzo de 2017]. Hay demasiada gente armada en el país, no solamente los Cuerpos de Seguridad, sino también estos colectivos. Sabemos que el comercio de las armas no tiene corazón, pero apelamos a los países hermanos, porque esto está causando muertos y heridos, la mayor parte jóvenes, con el agravante de la falta de medicamentos e insumos hospitalarios para atenderles.

La exhortación de la Asamblea extraordinaria se dirige a militares y policías, dirigiéndoles esta frase del obispo mártir Óscar Romero: «En nombre de Dios y de este sufrido pueblo les ruego, les suplico, les ordeno que cese la represión». ¿Por qué apelan directamente a ellos?
Porque hay a veces una especie de provocación desde los órganos de seguridad. Manifestarse pacíficamente es un derecho, y si eso pudiera realizarse sin mayores contratiempos, no pasaría absolutamente nada. Pero donde hay una manifestación opositora empiezan a aparecer tanquetas, grupos de la Policía o de la Guardia Nacional, y la población no los siente como quien está custodiando su seguridad, sino todo lo contrario. Llega un momento en que empiezan los disparos, las bombas lacrimógenas, los perdigones… Y de pronto se marchan y aparecen los colectivos, actuando a sus anchas. Esto está generando algo preocupante, porque la violencia llama a la violencia. El otro día, se descubrió a un infiltrado entre unos manifestantes que estaba tomando fotografías de las personas que estaban sencillamente marchando pacíficamente. Cuando alguien le reclamó, sacó una pistola, que gracias a Dios se encasquilló. Pero la gente se le tiró encima a golpearlo. Ante la ausencia de un poder judicial independiente y la actuación de las Fuerzas de Seguridad que estamos viendo, la gente siente que debe tomarse la justicia por su mano. Esto supone crear una espiral de violencia que hay que detener. Necesitamos una actitud de reconciliación, de perdón, ciertamente también de justicia.

¿Cómo se cumple en estas circunstancias el mandato del Papa de «establecer puentes» para el diálogo?
En eso estamos permanentemente insistiendo, no de forma mediática, sino discreta, con todos los sectores, apelando a la sensatez y pidiendo al pequeño grupo que maneja la seguridad del Estado que permita que la crisis se resuelva por los cauces pacíficos, legales y constitucionales: que se realicen elecciones, que se libere a los presos políticos (hay centenares, más allá de los nombres emblemáticos). Para que haya paz y entendimiento, reafirmamos las cuatro peticiones del cardenal Parolin en su carta del 1 de diciembre pasado [medidas para aliviar la crisis de abastecimiento de alimentos y medicinas, celebración de elecciones, restituir los poderes de la Asamblea Nacional y liberación de los presos políticos].
Desde el Gobierno se contrapone la actitud dialogante del Papa a la de ustedes, los obispos.
Ya casi desde el comienzo, con Hugo Chávez, se hacen este tipo de distinciones dialécticas. Se dice que «el Papa es revolucionario, como Jesús fue revolucionario», mientras que «los obispos de aquí se han plegado a los intereses más oscuros de la derecha y del imperio». Pero es un discurso que no llega a la gente. En la calle se percibe que la Iglesia es la institución más cercana a la gente, la que acompaña a la población. Por eso todos los sondeos de opinión muestran una credibilidad y una confianza en la Iglesia tan altas. La mejor prueba de que la sintonía con el Papa ha sido siempre total y absoluta es la carta que nos envió el 5 de mayo. Esta es la realidad, a pesar de que algunos quieran presentar lo contrario. Hay también voluntad de hacer parecer a la Iglesia como dividida, aunque esto no solamente sucede con nosotros: toda institución que no sea progubernamental es considerada enemiga, cuando no se crea una institución paralela para intentar suplantarla, y esto indudablemente significa la negación de todo diálogo, de toda búsqueda de entendimiento. Gracias a Dios, si algo podemos sentir es una unidad cada vez mayor en la Iglesia. La excepción son solo algunas aves solitarias manipuladas por el Gobierno, fundamentalmente algunos sacerdotes que se convierten no en voceros del Evangelio, sino en oráculos de la revolución.

En los últimos días ustedes han recibido el apoyo del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y otros episcopados, como el español, están trabajando discretamente para ayudar.
Esto ha sido algo realmente muy hermoso, el pronunciamiento del CELAM y de muchos episcopados hermanos que han sufrido las dictaduras y a los grupos paramilitares y hoy intentan consolidar la convivencia en paz. También existe una gran cercanía con la Conferencia Episcopal Española, con don Carlos Osoro o con el nuevo cardenal de Barcelona, monseñor Omella, que hasta hace poco fue el responsable de Cáritas Española y con quien tuvimos una relación muy cercana y muy fraterna por su ayuda en la organización y consolidación de Cáritas Española. Y quisiera agradecer a la Iglesia española, a todos los españoles, por esa acogida a los miles de venezolanos que han recibido, o por intentar enviar ayuda en forma de medicamentos, aunque lamentablemente no pudiéramos abrir los canales humanitarios para hacerlos llegar. Que Dios los bendiga y que esta fraternidad entre nuestras iglesias y nuestros pueblos se mantenga.

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