lunes, 1 de mayo de 2017

Hermanitas del Cordero, jóvenes mendicantes cuyo gesto de pedir «ya anuncia algo de quién es Dios»

La Comunidad del Cordero fue fundada el 6 de febrero de 1983 por Jean Chabbert (1920-2016), arzobispo de Rabat entre 1968 y 1982, y desde ese año hasta su retiro en 1996, obispo de Perpiñán (Francia). Es un retoño nacido de la Orden de Predicadores, reconocida como tal ese mismo año por el padre Vincent de Couesnogle, maestro general de los dominicos, y desde 1996 bajo la custodia de otro hijo de Santo Domingo Guzmán, el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena.

Actualmente la Comunidad del Cordero está presente en varios países, entre ellos España (Madrid, Barcelona, Valencia y Granada), Argentina (Buenos Aires) y Chile (Santiago), y forman parte de ella 160 hermanitas y unos treinta hermanitos, que comparten un mismo propósito de vida y, aunque formando fraternidades separadas, pueden reunirse para los oficios litúrgicos

En Madrid existe una comunidad de Hermanitas del Cordero que fue recientemente objeto de dos reportajes de Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega, sobre su apostolado y sobre su necesidad de un monasterio en el centro de Madrid:

Las Hermanitas del Cordero son una orden mendicante en pleno siglo XXI. Son contemplativas que por medio de la Eucaristía cotidiana, la adoración eucarística y las grandes liturgias del oficio divino hacen presente al Cordero, pobre y crucificado, «que mendiga nuestro amor». Ellas mismas llevan una vida de pobreza y mendicidad, saliendo en misión y llamando a las puertas para pedir algo de comer: «Rezamos antes y le pedimos al Espíritu Santo que nos guíe por donde quiere que vayamos. Después, el Señor hace lo que quiere. A veces nos cierran la puerta, y a veces nos abren y entramos. Unas veces la conversación dura dos o tres horas, o nos confían sus intenciones. A veces se ve fruto y a veces no, pero nuestra misión es estar ahí, y Dios hace el resto». Por eso afirman que su pobreza no es solo mendigar el pan, sino sobre todo revelar a Dios como mendigo del amor del hombre.

Para las hermanitas, el gesto de pedir «ya anuncia algo de quién es Dios, que llama a la puerta del corazón, se presenta en la humildad, y pide una respuesta de bondad, sin imponerse. Es Dios que pasa por la vida de la gente, como dice la Escritura: “Quien recibe a uno de estos hermanos míos, a Mí me recibe”».

En cada uno de esos encuentros experimentan que «en el corazón de toda persona está escrito el nombre de Dios». Lo que hacen es «un gesto contemplativo, no es una aventura, sino que vamos en la oración, atentas a lo que nos dicen. Y luego al volver nos traemos en el corazón a todas a esas personas, y las presentamos en la Eucaristía y en la adoración. Porque muchas veces comparten con nosotras sus heridas. Todo el mundo necesita que se le nombre al Señor».

¿Cómo reaccionan aquellos a cuya puerta llaman las hermanitas? «Muchos se sorprenden, pero también vemos que se despierta en ellos una esperanza: el saber que se puede vivir así, confiando en Dios para todo. El mundo suele poner muchas exigencias, vivir por nuestras propias fuerzas, en el trabajo, en todo… Nos educan para conseguirlo todo por nosotros mismos, y si no lo conseguimos entonces viene la sensación de fracaso. Poder vivir de esta confianza es una palabra para el mundo».

Buscando un monasterio
«Somos contemplativas, y nuestra primera labor es la oración, ser una presencia de oración y liturgia en Madrid», afirman las ocho hermanitas del Cordero que desde hace siete años animan la liturgia de la Capilla de Obispo, en la plaza de la Paja, en el mismo Madrid de los Austrias.
En este edificio del siglo XVI, las hermanitas organizan desde el año 2010 la Eucaristía cada día, la liturgia de las horas varios días de la semana, en una cuidada celebración de gran belleza que atrae a muchas personas. Allí también organizan vigilias en los tiempos litúrgicos fuertes, encuentros fraternos, adoración eucarística… Y después de la Eucaristía de las 12:30 los sábados y los domingos invitan a la gente a compartir lo que traigan y comer juntos, no en un comedor, sino en la misma sala donde comen las hermanitas: «Lo llamamos mesa abierta. Allí ponemos nuestra vida en común, para compartir nuestra fe y lo que nos pasa, y hablar desde el corazón». También desde allí se dirigen a los barrios de Madrid, para anunciar el Evangelio a todos, muchas veces casa por casa.
Hay muchas personas del barrio que tienen como referencia la Capilla del Obispo, y también hay muchas otras que vienen de otras partes de la ciudad o a veces de otras provincias para compartir con las Hermanitas su liturgia; y ya hay una pequeña comunidad de laicos célibes, jóvenes, familias y sacerdotes, cuya espiritualidad gira en torno al lema de la comunidad: Con la gracia de Dios, heridos, no dejaremos jamás de amar.
Un foco de luz
Hoy las hermanitas están buscando en Madrid un lugar para levantar un pequeño monasterio, un lugar propio de su comunidad y más acorde con su carisma. «Los llamamos así por la pequeñez que ensalza Jesús en el Evangelio, la de esos pequeños que lo reciben todo del Padre. Y queremos ser pequeños también para revelar la humildad de Cristo y que se refleje en toda nuestra vida, también en el lugar donde vivimos», cuentan.
En España ya hay dos pequeños monasterios de Hermanitas, en Navalón (Valencia) y Granada, y en breve se bendecirá el de los Hermanitos, también en Navalón. Son lugares de una arquitectura muy concreta que facilita la oración y la formación, la vida comunitaria, la acogida y la vida monástica, con celdas alrededor de un claustro, un refectorio, una capilla en torno a la cual gira todo el edificio, un espacio para el silencio…

Quieren que el de Madrid sea «un foco de luz en la ciudad, donde quien quiera pueda venir a beber de la fuente de nuestra oración y de la vida fraterna que vivimos, con mucha sencillez y belleza, con espacios tanto para rezar como para desarrollar la vida en común», un lugar más acorde con la forma de vida que solicita su carisma. Allí «los jóvenes, las familias, los pobres, las personas solas, los mayores, creyentes y no creyentes, podrían encontrar su lugar de descanso, para ser escuchados y acompañados, para recibir consuelo y amistad».
De momento, están buscando un terreno en el centro de Madrid, 1.000 a 2.000 metros cuadrados en el centro de Madrid, una tarea nada fácil. «Pero nada es imposible para Dios», advierten recordando precisamente la Palabra que recibieron en oración nada más comenzar con este proyecto. A quien quiera colaborar le piden «su oración» y cualquier orientación en la búsqueda del terreno. «Y a quien Dios le ponga en el corazón la intención de ayudar, se puede poner en contacto con nosotras», concluyen. [Más información: Tel. 91 366 08 11.]

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