viernes, 19 de mayo de 2017

El Padre nuestro es:

a.- Una oración suscitada por el Espíritu Santo, que nos hace gritar “Abba, Padre”, ya que nosotros no sabemos rezar como conviene. Podemos orar con la oración que nos dio Jesús gracias a la acción del Espíritu; con su impulso podemos descubrir y proclamar a Dios que Dios es nuestro Abba”: “recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que os hace exclamar ¡Abba, Padre! (Rm 8,15; Gal 4,6). El Espíritu de Dios que es un espíritu de filiación y no de temor (Rm 8,15) “mueve a los fieles a orar con la familiaridad de un hijo que habla con su padre (...). La oración cristiana es asunto de unos hombres que, con Cristo, viven la Trinidad”.

b.- Es una oración Trinitaria: Ratzinger afirma “dado que el Padrenuestro es una oración de Jesús, se trata de una oración trinitaria: con Cristo mediante el Espíritu Santo oramos al Pa-dre”.
c.-Es una oración personal y eclesial: Rezamos el Padrenuestro con todo nuestro corazón, pero a la vez en comunión con la Iglesia, la familia de Dios, con los vivos y con los difuntos, con los de cerca y los de lejos...
d.- Es una oración que pone de relieve la cercanía amorosa del Padre a los discípulos de su Hijo como lo muestra el que se le pida el sustento de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda para superar la tentación y perseverar hasta el fin de la historia en la fe y en el amor a Dios.
e.- Es una oración de gracia y compromiso: En un primer momento, todo es gracia: la pre-sencia del Padre, la certeza del pan y del reino. Así, al principio la oración es gesto de alaban-za, adoración y gozo emocionado...Pero luego descubrimos que toda esa palabra implica un compromiso: pidiendo la venida del Reino, nos ponemos al servicio del Reino; implorando per-dón, nos comprometemos a perdonar; suplicando el pan de Dios, buscamos el pan para los que no tienen: los hambrientos, los empobrecidos, los excluidos...
f.- Es una oración ecuménica: Los cristianos somos invitados a rezar al Padre por Cristo en el Espíritu de la unidad de todos. “¡Que todos sean uno para que el mundo crea!”
El Padrenuestro resume todo el Cristianismo, todo cuanto somos nosotros, lo que vivimos, todo lo que necesitamos, todo lo que nos define como hijos de Dios en camino hacia el Reino. Es una plegaria que nunca acabaremos de meditar, y, cuando no sepamos que orar, bastará retomarla lentamente palabra a palabra.

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO
Jesús pronunció el primer Padrenuestro de la historia, invitándonos y exhortándonos a dirigir-nos a Dios como Padre. Cuando lo rezamos es en la catolicidad, en la universalidad de los dis-cípulos de Cristo. Lo rezamos con Jesús y en Jesús: Así en la misa se nos invita a ello: “...y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir...”
¡Nos atrevemos a llamarle Padre! Ya a nivel humano la paternidad es un misterio, un hermo-so misterio de orden natural. Cuanto más grandeza y dignidad tiene un hombre, mejor com-prende lo que representa el haber sido elegido para dar la vida, para conservarla, para dirigirla. No obstante esa paternidad no es nada comparada con la paternidad divina. Vida, amor, inteli-gencia, ser...se convierten en Dios en perfecciones absolutas. Nosotros hablamos de la pater-nidad de Dios de modo analógico porque no nos es posible conocerla en toda su plenitud.
PADRE: Dios es el Padre, porque es origen de todo. Es nuestro Creador. Ante Dios somos como niños: todo lo que somos, todo lo que tenemos, es Dios quién nos lo ha dado. Pero la paternidad de Dios no se agota ahí sino que al ser hijos adoptivos de Dios, lo seremos más plenamente cuanto mayor sea la comunión que tengamos con el Hijo (Cristo Jesús), y por tan-to hemos de vivir como hijo e hija de Dios.
Por otra parte Dios no es sólo un ser transcendente, sino un ser cercano que ama, se acuerda
Dios nos quiere y nos ama sin condiciones, es compasivo y misericordioso, que no solo per-dona nuestros pecados sino que nos invita a compartir su mesa. Dios ama no sólo al conjunto del pueblo sino a cada uno de sus miembros. El orante siente que Dios está tan cercano a él que lo experimenta dentro de él.
Al rezarle como Padre, el orante muestra su confianza y abandono en Dios, se pone en sus manos, como un niño en brazos de su madre. Hace salir de nuestro corazón un grito de fe, es-peranza y amor, un canto de alegría y de paz, de alabanza y agradecimiento. Y, también nos pide que vivamos en humildad y obediencia ante el Padre, y cumplamos su voluntad.
Al invocarlo como Padre le reconocemos como Creador, como origen de todo; y, también ape-lamos a nuestra filiación divina y lo que ello conlleva.
NUESTRO: Con este nuestro reconocemos que todos somos hermanos. Dios es Padre de todos, bautizados y no bautizados, de la Humanidad entera. Todos hemos sido creados por el Padre, salvados por el Hijo y santificados por el Espíritu Santo. Sólo Jesucristo puede llamar a Dios Padre porque es su Hijo unigénito, de su misma naturaleza. Nosotros sólo podemos lla-marle Padre en Cristo y con Cristo, es decir, por nuestra unión a Cristo, por nuestro bautismo.
Nosotros, aunque recemos el Padrenuestro de forma individual, siempre lo hacemos de modo comunitario, en el seno de la Iglesia, en la Comunión de los Santos. Con Cristo y en la Iglesia.

QUE ESTÁS EN EL CIELO: La expresión bíblica “cielo” no indica un lugar sino un modo de ser, Dios, que es padre misericordioso y cercano, es a la vez transcendente e inaccesible para el hombre. Es a la vez inmanente y transcendente, cercano y lejano. Es un Misterio
Con esta expresión reconocemos su Majestad, su Infinitud, su Estancia en Él mismo, su Santi-dad, pero también su presencia en el corazón de los justos, en las almas en Gracia.
El Cielo, o la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la espe-ranza, mientras nos encontramos aún en la Tierra.
Tras esta invocación o apelación a Dios Padre, nos ponemos delante de Él y le hacemos las SIETE PETICIONES:
TRES DE ELLAS, MÁS TEOLOGALES: Tu Nombre. Tu Reino. Tu Voluntad,
LAS OTRAS CUATRO: Con la que invocamos a Dios para solucionar nuestras miserias: Da-

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Santificar el nombre de Dios es una alaban-za que reconoce a Dios como Santo. En efecto, Dios ha revelado su nombre a Moisés, y ha querido que “su” Pueblo le fuese consagrado como una nación santa en la que Él habita.
Santificar el nombre de Dios, que “nos llama a la santidad” (1Tes 4,7), es desear que la consagración bau-tismal vivifique toda nuestra vida.
Además es pedir que, con nuestra vida y nuestra oración, el Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.
Es decir, reconocemos a Dios como el Santo, el radicalmente Otro, como Misterio fascinante: Él es el Ser, la Vida, la Santidad,…
En hebreo el nombre es la persona. Lo que no tiene nombre no existe. Por ello, al pedir “santificado sea tu Nombre” es darlo a conocer en toda su verdad, es glorificarlo. Es dejar que sea Dios en cada uno de nosotros, es amarlo con amor único y exclusivo, es que sea tenido por Santo por todos, y es… comprometernos a defender a todos los oprimidos, los desfavorecidos.

VENGA A NOSOTROS TU REINO
La Iglesia invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la Gloria. Pero la Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora, gracias a la santificación de los hombres en el Espíritu y al compromiso de éstos al servicio de la justicia y de la paz, según las Bienaventuranzas. Esta petición es el grito de “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20) con el que concluye las Sagradas Escrituras.
Pero, ¿qué es el Reino de Dios? Jesús lo predica y lo anuncia. NO se trata de un reino teo-crático nacional, de tipo político. ES el Señorío de Dios, que pide la conversión y la fe del hombre. Con ello:
- Reconocemos la Primacía de Dios: “
Donde Dios no está no puede haber nada bueno”. Es la Justicia, el Amor, la Misericordia, la Paz… de Dios en el mundo.
- Es la Paternidad de Dios conocida, experimentada y realizada entre los hombres.
- Es un don de Dios: Dios es Dios y tiene en su mano el destino del mundo.
- El Reino de Dios es Jesucristo. Jesucristo es la presencia real de Dios; y por tanto, el Reino de Dios es Jesucristo, que habita en cada uno de nosotros (“Ya no soy yo el que vive, es Cristo quién vive en mí”, dirá san Pablo)

- El Reino de Dios tiene unas DIMENSIONES:
Soteriológica: Trae la salvación a los hombres.
Escatológica: Es el “ya, pero todavía no”. Está presente pero no en plenitud.
Don y regalo: Ningún hombre puede alcanzarlo por sus propios méritos.
Universal: Abarca a todos los hombres de todos los tiempos. Al pedir que “venga a nosotros tu Reino” no pedimos otra cosa que la liberación total del hom-bre, incluidos el pecado y la muerte.

HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Existe una voluntad de Dios con nosotros y para nosotros que debe convertirse en el criterio de nuestro querer y de nuestro ser. Jesucristo, nuestro hermano y modelo en la fe, hizo de la vo-luntad del Padre su propia voluntad.
La voluntad del Padre es “que todos los hombres se salven” (1Tim 2,4). Así, pues, le pedimos que su designio se realice plenamente en la Tierra como ya se ha cumplido en el Cielo. Cuando decimos HÁGASE no es a modo de resignación sino que es una invocación llena de confianza y esperanza, porque sabemos que su voluntad es lo mejor que nos puede acontecer siempre.
Benedicto XVI afirma que “la voluntad de Dios es conocida por el hombre porque está inscrita en nuestro corazón, en lo que llamamos conciencia (aunque a veces ha quedado adormecida y oculta). También tenemos el Decálogo. Y, también las Bienaventuranzas.
Pedimos, en última instancia, acercarnos cada vez más a Él, a fin de que la voluntad de Dios prevalezca sobre nuestro egoísmo y nos haga capaces de alcanzar la altura a la que hemos sido llamados. Lo hacemos dejando en sus manos la realización de este deseo y que se mani-fieste como Señor de nuestra vida.
No basta con conocer la voluntad de Dios y decirla, hay que hacerla. Es necesario conocer la voluntad del Padre, interiorizarla, identificarnos con ella y realizar lo que nos pide el Señor.

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DIA
Confiados en la Bondad de Dios le pedimos confiadamente el pan material, necesario para vivir (Porque aunque el Evangelio nos dice que “No solo de pan vive el hombre” Mt 4,4, es cierto que sin él no podemos vivir) Pero, también le pedimos el Pan espiritual, el Pan de Vida que baja del Cielo, la fe en Jesucristo, el Pan Eucarístico que Dios nos ha dado como alimento; es decir, la Palabra de Dios y la Eucaristía.
Los discípulos, que lo han dejado todo para seguir a Jesús y servir al Reino, viven de la Providencia del Padre y le piden el pan de cada día. No le piden que llene sus graneros sino que sólo le piden lo nece-sario para cada día; viven pidiendo y recibiendo el trozo de pan que el Padre les da. Les piden las nece-sidades diarias de sustento.
Como hemos dicho más arriba, el significado de este pan no se agota en lo material sino que también se refiere al pan escatológico, el pan de la Vida, el pan de la Plenitud, que forma parte del Banquete del Reino de los Cielos.
Y, además, de esta petición se deriva también el compromiso de compartir nuestro pan con los de-más. Hemos de examinar nuestra actitud ante los pobres. Los cristianos hemos de tener una responsa-bilidad efectiva para con todos ellos, teniendo en cuenta que Jesucristo es el “Pan partido”. Meditemos también la Parábola de Lázaro.

PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFEN-DEN
Al pedir a Dios que nos perdone nos reconocemos pecadores, y al mismo tiempo confesamos, también, su misericordia porque estamos convencidos que con y por Jesucristo obtenemos la remisión de los pecados, y nuestra petición será atendida siempre y cuando nosotros también hayamos perdonado.
Dios es AMOR. El amor de Dios está en el origen de todo y es un amor incondicional. El núcleo del cris-tianismo es que Dios nos ama incondicionalmente, cuida de nosotros con vigor de padre y con entrañas de madre. Nuestra respuesta a este amor incondicional y gratuito de Dios ha de ser un amor confiado y agradecido. Sólo el que tiene conciencia de ser amado permanentemente por Dios toma conciencia de pecado.
Somos pecadores. Con esta petición volvemos a Dios como el hijo pródigo, como el publicano… En esta petición se presupone un mundo de ofensas a los hombres y a Dios. Toda ofensa entre los hom-bres y a Dios: Toda ofensa entre los hombres encierra una vulneración de la verdad y del amor y se opone a Dios, que es la Verdad y el Amor.

El pecado tiene una dimensión:
Ética: Lleva a una desestructuración de las relaciones humanas.
Religiosa: A la luz de la fe el comportamiento ético pecaminoso aparece como una ruptura conscien-te y voluntaria de la relación con el Padre, con Cristo y con la comunidad eclesial.
Eclesial: Afecta a la Iglesia porque compromete la vida de fe y caridad de sus hermanos, siendo para ellos ocasión de escándalo y retrasa el influjo de su misión (LG 11)
Social: El pecado de unos afecta a todos.
El perdón es iniciativa de Dios, es un don de Dios. Es la gracia dada la que impulsa al hombre a dirigir-se a Dios a pedirle perdón.
Por otra parte, nosotros también hemos de perdonar (Jesucristo, Esteban,…)
El ofrecer y regalar el perdón a los que nos han ofendido, es una actitud básica
y fundamental del cris-tianismo. ¡No lo olvidemos nunca!
El perdón de Dios no aguarda que nuestro perdón se haya concedido al prójimo, ni que el perdón de Dios esté hecho a la medida del nuestro, ya que el perdón de Dios es divino, sobreabundante. Pero, no es posible estar abiertos a la caridad divina y cerrado a al rechazo del perdón. El hombre ha de colabo-rar en el perdón de su pecado, tiene que consentir en la caridad de Dios: el perdón de los pecados se da en la conversión a la caridad. No es que nosotros perdonemos para que Él nos perdone, sino justo al revés: ¡Puesto que Dios nos ha perdonado hemos nosotros de perdonar!
Es una oración personal (la rezamos de modo individual), pero también comunitaria: No se entiende el rezo de esta oración fuera de la Iglesia. Es importante en las peticiones ser conscientes de la “Comunión de los Santos”.

La regla es que nosotros imitemos a Dios y no Dios a nosotros cuando perdonamos.
Perdonar de corazón las ofensas que los demás puedan habernos hecho, es imitar a Dios que es compasivo y misericordioso, que perdona nuestros pecados. (“Sed misericordiosos como Dios es misericordioso”) Esto conlleva esfuerzo y sacrificio, pero Jesús nos envía el Espíritu Santo para que con su ayuda podamos conseguirlo.
Demos la importancia que se merece al Sacramento del Perdón.

NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN
Esta petición alude a que nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.
Pedimos al Espíritu Santo saber discernir entre la “prueba”, que nos hace crecer en el bien, y la “tentación”, que conduce al pecado y a la muerte; y también entre “ser tentado” y “consentir” en la tenta-ción.
Nos une a Jesús, que ha vencido la tentación y la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.
Hemos de saber que “Dios no tienta a nadie”: No empuja a nadie al pecado, no pone trampas a sus criaturas ni expone a sus hijos a la perdición. Sí podemos decir, en cambio, que Dios “permite” situacio-nes dolorosas o difíciles donde tenemos que recurrir a Él para que nos ayude y nos mantenga en la fe.
Jesucristo fue tentado (Mt 4,11). La Carta a los Hebreos afirma “como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”
Afirma Ratzinger que para madurar, para pasar cada vez más de una religiosidad de apariencia a una profunda de unión de la voluntad de Dios, el hombre necesita pasar por purificaciones, transformacio-nes, que son peligrosas para él y en las que puede caer, pero que son el camino indispensable para llegar a mí mismo y a Dios.

¿Qué pedimos entonces? Decimos a Dios: Sé que necesito pruebas para que mi fe se purifique, y si así lo consideras, ten en cuenta lo limitado de mis fuerzas.
En esta petición está incluida la disponibilidad a aceptar la carga de la prueba proporcionada nuestras fuerzas; y por otro lado, también le pedimos que no nos imponga más de lo que podemos soportar, que no nos suelte de su mano.

LÍBRANOS DEL MAL
Esta última petición aparece en Mateo y no en Lucas. El Mal designa a Satanás, que se opone a Dios y que Jesucristo venció. Con ella pedimos que nos libre del Maligno, que pretende se-pararnos de Dios. Pedimos que nos libere de nuestros ídolos y malas inclinaciones. Que nos libere de todos los males pasados, presentes y futuros.
AMÉN: Así sea. Que se cumpla todo lo dicho.

CONCLUSIÓN
El Padrenuestro es la oración que Jesús nos enseñó. No hay, pues, oración más perfecta y completa.
Es una oración en la que llamamos a Dios Padre, “Abba”. Una oración de confianza, de espe-ranza, de seguridad… Pues somos “hijos de Dios”, con todo lo que ello conlleva: Herederos de su Reino. Y, todos somos hermanos, con lo que todo ello conlleva: Hemos de amarnos como tales, hemos de responsabilizarnos ante ellos.
Es una oración personal (la rezamos de modo individual), pero también comunitaria: No se en-tiende el rezo de esta oración fuera de la Iglesia. Es importante en las peticiones ser conscien-tes de la “Comunión de los Santos”.


Magdalena Cañada Anguita

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