lunes, 10 de abril de 2017

Seminarista cuenta su caso al Washington Post: la primera idea vocacional fue «horrible, ¡horrible!»

Anthony Ferguson tiene 28 años y confiesa que él mismo no se habría creído hace no demasiado tiempo el lugar en el que está: el Theological College de la Universidad Católica en Brookland (cerca de Washington, D.C.), un lugar conocido como La Pequeña Roma por la gran variedad de congregaciones religiosas estadounidenses que forman allí a sus miembros.

Comparte con otros ochenta compañeros los estudios preparatorios para el sacerdocio. No tiene el espectacular currículum académico de otro aspirante, el neurobiólogo Jaime Maldonado-Avilés, de 40 años, pero, como él, ha relatado para el Washington Post su historia vocacional.
 
En 2014, cuando entró en el seminario, Ferguson trabajaba como diseñador gráfico en Richmond (Virginia) y salía con una chica con la intención de casarse y tener hijos. Había regresado a la fe un tiempo atrás después de haberla perdido durante un tiempo, pero la llamada de Dios había tardado en ser atendida.
 
Ante los ateos, sin argumentos por un tiempo
Creció en una familia religiosa que acudía unida a misa los domingos, pero como su padre había sido educado en el protestantismo, su formación era cristiana genérica, más que católica específica. En cualquier caso, confiesa a Ellen McCarthy que las historias y personajes de la Biblia le atraían menos que los de El Señor de los Anillos.
 
Mientras estudiaba Bellas Artes en la Universidad de Richmond se apuntó a unos cursos de religión que ofrecían perspectivas alternativas sobre Dios, incluida la posibilidad de que no exista: “Para mí fue un gran choque. No concebía que se pudiese creer algo distinto, me sentía protegido. La Universidad supuso la experiencia de perder ese refugio”. Sin una formación sólida, no encontró argumentos con los que contrarrestar los argumentos ateos, así que los hizo suyos: “Pero seguía queriendo creer en Dios. Sí, quería creer”.
 
Esa búsqueda le llevó a unirse en el campus universitario a un grupo de estudio de la Biblia de corte evangélico, donde al cabo de un tiempo recuperó la fe: “Lo que empecé a ver en ese estudio de la Biblia es que si quería seguir a Jesús, tendría que cambiarlo todo”.
 
Dios, trabajo, chicas...
Y lo hizo. Dejó de ir a fiestas y se alejó de amistades tóxicas que pudiesen resultan malas influencias, y concluyó sus estudios presentando un trabajo de gran tamaño en madera donde quiso reflejar sus inquietudes: “Llevé a mi arte todas esas luchas y preguntas sobre la espiritualidad y sobre Dios”.
 
Tras licenciarse, y viendo que vivir de su arte puro era imposible, encontró trabajo como diseñador gráfico y dejó la casa de sus padres. Para su sed espiritual empezó esta vez a alimentarse de C.S. Lewis y San Agustín, lo que afianzó el giro que empezaba a dar su vida.
 
“Fue una profundización de mi conversión, como abrir los ojos y decir: ‘Sí, aquí querría quedarme el resto de mi vida’. Mis preguntas comenzaban a recibir respuestas, tenía más confianza y rezaba más”. Se vinculó a un ministerio juvenil en la diócesis de Richmond junto a otros veinteañeros, al tiempo que buscaba “la chica adecuada”: “Quería casarme, ése era mi objetivo”.
 
Sosteniendo la Cruz, primer compromiso
Pero una noche en la que estaba ganduleando en el ordenador, se le ocurrió pensar en el sacerdocio: “Salí de la pestaña de una página de citas y entré en una página vocacional. Me quemaba la curiosidad. Al principio fue horrible, ¡horrible!”.
 
Horrible y todo, la idea quedó ahí. Un sacerdote amigo suyo detectó su interés y en 2012 le invitó a colaborar en los oficios de Viernes Santo sosteniendo una gran Cruz para la veneración de los parroquianos: “Y allí, de pie, soportando el peso de esa Cruz que se inclinaba físicamente cuando los fieles la adoraban, me llené de amor hacia esas personas. Recuerdo estar ahí, en mitad de la iglesia, pensando: ‘Dios mío, si quieres que consagre mi vida a servir a estas personas, lo haré’”.
 
Aunque la decisión aún tardaría. Anthony no comentó a nadie sus elucubraciones. “Tenía unas subidas y bajadas enloquecidas. Un par de semanas me sentía realmente interesado en el sacerdocio. Las dos semanas siguientes me horrorizaba la idea. Era como pasar de la cima al valle”, recuerda.
 
La bifurcación
Justo antes de las Navidades de 2013 empezó a salir con una antigua compañera y la relación parecía ir en serio: “Me encontré ante una bifurcación. Podía elegir una vida con una chica realmente estupenda o ingresar en el seminario. Sabía que tenía que decidirme, y que una vez tomada la decisión se me cerraba la otra vía”.
 
Un domingo en misa rezó pidiendo orientación… “Y la respuesta que encontré no fue una voz como la de Charlton Heston”, bromea, “pero sí una comprensión interior, delicada, silenciosa, en el alma misma, de que realmente no importaba qué escogiese, porque el Señor estaría en cualquier caso ahí”.
 
Esa certeza le facilitó considerar lo que realmente quería: “Cuando pensaba en ser sacerdote, sentía una cálida sensación de paz”.
 
Lo que eres a los ojos de Dios
En enero de 2014 hizo su petición de ingreso en el seminario, y en agosto dio el gran paso hacia donde se encuentra ahora: “Es sorprendente el tiempo que puedes dedicar en el seminario a examinarte. Yo lo describiría como una comprensión de lo que eres a los ojos de Dios”.

Aunque las dudas sobre si el sacerdocio le hará realmente feliz no se han disipado del todo, y aunque echa de menos poder ver a su familia con mayor frecuencia, la perspectiva del ministerio sacerdotal para el que lleva ya dos años y medio preparándose son el mejor acicate. La ilusión por ofrecer la misa en el altar, asistir a los enfermos en los hospitales o utilizar su arte para hablar de Dios a los niños despejan todos los interrogantes: “Basta con pasar de ellos y dejar que Dios haga su trabajo”, concluye.

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