martes, 25 de abril de 2017

¡HA RESUCITADO! ¡HA ESTALLADO LA VIDA! ¡NOS SENTIMOS ENVUELTOS POR LA LUZ DE LA VIDA-INEXTINGUIBLE!

Con mi felicitación pascual les quiero regalar, hermanas, el testimonio de un hombre de iglesia al que he admirado, religioso como nosotros; estudioso de la Sagrada Escritura, como debemos serlo también nosotros; profesor, arzobispo, cardenal, papable; y ya fallecido: Carlo María MARTINI. Es una experiencia que se remonta al lejano mes de junio de 1959, y que él compartía con sus lectores en una obra de sus últimos años titulada “Mis tres ciudades”:

“Iba yo solo aquella mañana. Nos hospedábamos en los franciscanos de Casa Nueva. Jerusalén estaba dividida, y recuerdo lo que costaba pasar por la Puerta de Mandelbaum; también de camino al Cenáculo se veían fusiles que sobresalían de los muros. La casa de los jesuitas estaba al lado de la ‘no man’s land’, la “tierra de nadie”, y después de esta casa nuestra estaba el consulado francés, todavía habitado, y luego comenzaban esos 300 ó 400 metros de espacio vacío, donde caían bombas, y desde allí se extendía la muralla con la puerta de Jaffa. Eran tiempos muy duros y muy difíciles ya entonces.

Me levanté hacia las 3:30 y me encaminé hacia la basílica (del Santo Sepulcro) por las callejuelas desiertas de la ciudad. De aquella misa sólo recuerdo que tuve una sensación fortísima de “vida”, de lo que significa “vida”: orando y celebrando yo solo sobre la piedra del Sepulcro, con poquísimas personas que asistían por fuera, me parecía comprender de una manera extraordinariamente lúcida que la vida es el tema crucial de todas las religiones, es el anhelo de la humanidad; que en aquel lugar se concentraba toda esperanza, toda certeza, toda confianza de vida.

Es difícil describir la experiencia que viví, la intuición que tuve de una vida que no termina nunca, que estalla, desborda, abraza el universo; la sensación de que todas las religiones tratan sobre el tema de la vida para siempre, de la resurrección, y que por ello había que comprenderlo y juzgarlo todo a partir de ahí”.

Cuando escribo estas líneas, el tren en el que viajo, en un atardecer de luz intensa, preanuncio de primavera que urge por llegar, ha cruzado la ciudad de Ávila, en España, ciudad de “cantos y de santos”, a la que mi vida se vinculó cuando abría la puerta de la juventud. Aquí terminé mis estudios de bachillerato y desde aquí me fui al noviciado. Aquí comencé a conocer a “La Santa”. Así llaman los lugareños a Teresa de Jesús Cepeda y Ahumada. Ella, mujer de confianza en el Amado, me motiva siempre a renovar la mía. Cuentan que en su lecho de muerte dio gracias al Amado por morir en su Iglesia, ella que siempre se sintió  escrutada y temerosa de condenas. Y cuentan también que en un suspiro final, con la espontaneidad de siempre, le dijo: ¡Ya va siendo hora, Señor, de que nos veamos!”, ella, que como Pablo de Tarso, tanto se gastó y desgastó por Él.

Va cayendo el sol por estas llanuras de Castilla. Disfruto este momento en el que la luz se dora e invade estos espacios amplios de horizontes lejanos, y se dejan sentir susurros de inmensidad. No muy lejos de este punto, por donde ahora el tren transita, a mano derecha, se halla Caleruega. Es fácil imaginar que esta luz crepuscular revotará en las piedras del antiguo torreón de los Guzmanes y se abrazará con el silencio del lugar habitado solo a estas horas por el susurro melodioso de la oración vespertina de las hermanas contemplativas y los frailes moradores del lugar. También allí, más de ochocientos años atrás, una vida tierna comenzó a abismarse en la confianza en el Misterio; que le hizo tenaz y le pertrechó de un coraje y una fuerza que le harían soñar siempre y anhelar con vehemencia otros campos y ciudades donde la Gracia del Amado fuera conocida. Y también en su lecho de muerte la confianza se hizo palabra y mensaje de esperanza: “¡No lloréis por mi partida. Os seré de más utilidad desde el Cielo” –la casa del Amor.

El sol se va ocultando. Pronto las sombras lo invadirán todo y harán aún más denso el silencio, y quizás más amargo el sufrimiento. Pero ha emergido ya para siempre el Lucero-que-no-conoce-el-ocaso. Y Él hace que la vida, tan frágil y vulnerable, amenazada de violencias y herida de muerte, esté también habitada de Pascua y llamada a la Resurrección.

¡Es Pascua! Sintámonos confirmados en la certeza del encuentro en el que la Vida nos abrace y nos haga plenamente y para siempre suyos.

Feliz Pascua, mis queridas hermanas

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