domingo, 16 de abril de 2017

¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!

¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!
Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp 2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6).  ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!

Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias?  ¿Es posible ser santo, ser santa?  ¿Podré yo?  ¿De verdad es posible para mí llegar el momento en que pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?

Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible!  Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27).  Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia.  La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.

Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16).  ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día!  ¡Resucita tú con Él!  ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad!  ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón!  ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado!  ¡Es hora de luchar!  ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo!  ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias!  ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!

Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).

 PADRES DE LA IGLESIA
San Gregorio Magno: «Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”.  Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro.  Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.»

San Agustín: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo.  En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva.  (…) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo.  Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva.  Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.»

San Gregorio Magno: «Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad.  La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad.  ¿De la nuestra o de la suya?  Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra.  La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.»


San Agustín: «Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo.  Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas.  Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan.  Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.  Porque el Señor abre los ojos al ciego.  Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.»

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