miércoles, 22 de marzo de 2017

Vivía instalado en la búsqueda del éxito profesional, y perdió a su mujer por el camino…

«¡Qué bien sienta el fracaso, visto con años de perspectiva! Miras atrás y ves un impulso romántico, confuso, sin recursos, sin una fe social, ni profesional, ni política concreta por la que luchar, pero con un hálito de honradez y una figura de emoción». Alfonso dice que ahora los niños nacen manipulados «de serie», que antes «se lo tenían que currar un poco» para manipularnos. Ha sufrido mucho. Él se considera el primer responsable. «¿De qué?», le pregunto yo. Ahora mira desde la fe en Jesucristo.

Alfonso dice que ha encontrado su utopía en el Espíritu, que es el que le que anima a sonreír. Vivía instalado en la búsqueda del éxito profesional, y perdió a su mujer por el camino… Casi también a sus hijos, dos: los ve poco. No hay más amor que el que se derrama porque sí. «Mi matrimonio no es nulo; y no pienso mentir para conseguir una nulidad». Llora. Y reza por su mujer, porque la sigue queriendo.

Le engañaron las tentaciones –¡menuda clase me ha dado, reflexionando sobre la Cuaresma–; le engañaron porque le compraron por tan poco (éxito profesional, más viajes, más ligoteos)… Y ya estaba contaminando a su familia, aunque pensaba que les estaba haciendo ricos. Se fue alejando de su mujer y permitiendo que ella también se alejara. «¿Desamor? No, si acaso, desdeseo, pero yo la sigo queriendo», insiste.

Y es que, juntamente con el dinero, entró una nube tóxica: «La manipulación de la verdad, que buscaba justificaciones absurdas y empujaba a mentir». Se cansó de vivir con engaños, con falsedades. Buscó el cambio… y se encontró con el reflejo de sus penas: le estaban pagando con la misma moneda, aunque él era el malo. Lo asume. No pasa cuentas. Pide perdón por sus pecados.

Del amor de Dios espera que le arranque «sonrisas disfrutonas y largas». No se trata de tener razón, ni de triunfar, ni de utilizar argumentos irrefutables; se trata, simplemente, de expresar lo que sale de dentro de modo naíf y desnudo, con la alegría del amor, con la fidelidad de la paz, y con más ganas que nunca de cambiar el mundo.

Jaime Noguera
Diácono permanente



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