miércoles, 8 de marzo de 2017

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

 Es una ocasión propicia para recordar a quien hizo de su vida un regalo para los demás: la madre Bonifacia Rodríguez de Castro, desafío y referente para la mujer trabajadora hoy
La vida de cada persona se encuentra entretejida por dos coordenadas, el espacio y el tiempo. Así ocurre con esta santa del buen hacer, como su propio nombre indica. Nos situamos la Salamanca de pleno siglo XIX. La belleza que hoy contemplamos en la ciudad castellana poco tiene que ver con la de aquel tiempo, en la que solo se apreciaban montones de escombros y casas revestidas de miseria. Sin embargo, rastreando en los anales de la época, se percibían algunos signos de modernidad en germen, signos que desencadenarían la experiencia religiosa que alentó el carisma como fundadora de la madre Bonifacia: la revolución industrial, el socialismo utópico, el proletariado y el feminismo emergente.

La Iglesia salmantina no estaba preparada para afrontar situaciones políticas y sociales nuevas. Don Lorenzo Varela, obispo de la época, se lamentaba de la «apatía religiosa de la diócesis». En este contexto nació Bonifacia, un 6 de junio de 1837. En una ciudad socialmente mortecina, en una Iglesia desorientada y en una familia irrelevante. En la casa de los Rodríguez de Castro había un pequeño taller artesanal. Aquella familia fue para nuestra santa la primera escuela y la primera iglesia, lo mismo que más tarde, al fundar la Congregación de las Siervas de San José, cuidaría con esmero para que cada casa fuera hogar, escuela y taller.

Un taller de cordonería como lugar de reunión
Atenta a la situación social, religiosa y personal de las jóvenes, con quienes compartía ilusión y penurias, juegos y rezos, esperanza y fe, orientadas por los padres jesuitas que regían la iglesia de la Clerecía, Bonifacia montó su propio taller de cordonería y pasamanería. Además de trabajo, su taller era un lugar de reunión y acogida de jóvenes salmantinas piadosas, de clase trabajadora y pobres. Atraídas por la autenticidad de vida de Bonifacia, por su bondad y ternura, con la guía del padre Butinyà decidieron asociarse bajo la protección de la Inmaculada y de san José.

Estos talleres se revelaron como el ámbito propicio para el descubrimiento de la misión josefina: optar por la fraternidad, por el mundo trabajador pobre y por la dignidad del trabajo; por la solidaridad, compartiendo el fruto de dicho trabajo, por la educación de la persona en su integridad, por la promoción y, en la base de todo, por la evangelización.
Al acercarnos a la madre Bonifacia descubrimos una mujer de carne y hueso, con nuestros apellidos y recorriendo nuestras calles con el espíritu de servidora, sirviente y sierva. Ella nos enseña hoy que la santidad «supone no contentarse con una vida mediocre, una moral de mínimos o una religiosidad superficial; es entrar en el dinamismo de la llamada a la perfección del amor, que tiene múltiples caminos y formas de expresión». Ella la alcanzó desde una vida oculta, sirviendo a los pobres y hermanado oración y trabajo. La madre Bonifacia era contemplativa en la acción y activa en la contemplación.

Las razones de su patronazgo
La palabra patrona significa medida, modelo, referente de vida y de santidad. Apenas elevada a los altares, diversas voces propusieron que la madre Bonifacia fuera erigida patrona de la mujer trabajadora. ¿Cuáles son las razones para ello?

Por ser trabajadora entre trabajadoras: Bonifacia fue desde su adolescencia hasta el final de su vida una artesana que ganaba el sustento con el trabajo de sus manos, como tantas mujeres en los comienzos de la revolución industrial española. Por su misión con las trabajadoras: madre y maestra de trabajadoras, a su lado ellas aprendieron a buscar a Dios en la sencillez de lo cotidiano, hermanando la oración con el trabajo, núcleo de su espiritualidad. Por la oportunidad y actualidad de su patronazgo: en la sociedad actual las mujeres trabajadoras, que son especialmente vulnerables, explotadas y a merced de intereses ajenos, tienen en santa Bonifacia una protectora que velará por ellas, como hacía con las chicas en sus talleres.

Yo no conocí a la madre Bonifacia hasta 1992, cuando, de la mano de las Siervas de San José, fui invitado a acompañarlas como asesor religioso. He tenido la suerte de acoger esta experiencia en el mismo lugar donde vivió la santa, en la calle La Reina de Zamora, y a la sombra del mismo Crucificado que preside la capilla, ante el cual ella ponía todas sus cuitas.

De su mano me gusta volver al taller de Nazaret y, de cuando en cuando, peregrinar allí espiritualmente. Solo volver a Nazaret sosiega mis preguntas y se convierte en lugar de descanso para mis inquietudes. Acudo allí para curar mis fiebres de eficacia, para acallar mis tentaciones de dominar el tiempo, para soportar la monotonía de lo cotidiano y la impresión de que en el mundo no avanza lo bueno y la realidad no da la noticia del Dios vivo.

Solo con volver a Nazaret encuentro esa sabiduría del Evangelio que me recuerda que los lugares de abajo son lugares de crecimiento, que la libertad nace del descentramiento de uno mismo, que las cosas de Dios se conocen desde el corazón.

Solo con volver a Nazaret aprendo un lenguaje nuevo en el que todo cambia de nombre, de dimensión y de sentido: los pequeños son los primeros, los alejados lo más próximos al Reino, el silencio y la pobreza son tesoros ocultos y el Dios escondido ha puesto su morada en la sencillez de lo cotidiano. Por eso, en el taller de Nazaret encuentro el espacio donde reavivar la fe, alegrar la esperanza y fortalecer la caridad.
Juan Luis Martín Barrios
Director del Secretariado de la Subcomisión Episcopal de Catequesis

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