lunes, 6 de febrero de 2017

Santidad y Pureza Biblícas

Isaías 61 El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.  Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, 3 y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!».

 Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. 5 Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo».
 Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas;  la aplicó a mi boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». 8 Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame».

Isaías experimentó simultáneamente la santidad de Dios y su propia impureza en el templo cuando Dios se le manifestó como un soberano lleno de majestad y como la fuente de toda vida, que habla en plural de Si mismo porque su ser único desborda los límites que impone la individualidad; y contempló a los serafines que no eran capaces de mirar directamente a Dios y que se tapaban con las alas el rostro y todo su cuerpo para no ser consumidos por la gloria de Dios. Estos serafines proclaman la grandeza de Dios repitiendo por tres veces, indicando plenitud total, la afirmación de su santidad y su señorío creador del Universo.

 El mismo Isaías se llena de temor y aterrado descubre su impureza radical, que le viene de ser criatura, que es por naturaleza, que la tiene incluso su mismo pueblo que se consideraba pueblo santo. Esa impureza es su incapacidad para contemplar a Dios y más aún para hablar de Dios. Pero Dios lo purifica con un fuego que el mismo ángel no es capaz de tocar. El contacto con el fuego purifica a Isaías y lo hace participar de la santidad divina gracias a la cual podrá ser intermediario entre Dios y los hombres, podrá hablar bien de Dios y podrá manifestarse sin temeridad como su mensajero, por eso responderá sin vacilación aceptando la misión que se le encomendaba.

SANTIDAD
La santidad se identifica con la divinidad. La santidad es lo que nosotros experimentamos de Dios cuando Él se nos manifiesta. La santidad nos hace contemplar a Dios como absolutamente distinto de todo ser y a la par como la fuente de todo ser.

La santidad nos muestra a Dios como un abismo sin posibles límites en el que nos sen-
timos desaparecer, como un fuego ardiente ante el que no podemos estar sin ser abrasados. Conscientes de esta santidad los antiguos decían que ver a Dios es morir, porque la criatura no puede contemplar al creador sin desaparecer en Él, en su abismo, en su fuego.

Invadir el terreno de Dios invadir su santidad, lleva consigo la muerte. En la historia de
David y el Arca de la Alianza se nos cuenta que Uza, que no era sacerdote, al ver que los bueyes que la transportaban iban a hacer caer el arca, le echo mano para sujetarla y la santidad divina lo destruyó muriendo al instante.
 Por eso para tratar con el Santo a través de lo que ha sido tocado por la santidad divina, para poder manejar las cosas santas es necesario estar santificado previamente por Dios. Esta santidad hace al hombre inadecuado para tratar con las cosas profanas, con las cosas de todos los días y sobre todo con las cosas que están en relación con la muerte y, por contraste, con las que están relacionadas con las fuentes de la vida.

El contacto con estas cosas deja al santo impuro, sucio, y por consiguiente incapaz de
tratar con lo santo mientras dure esa impureza.

PUREZA
Pureza y santidad no se identifican pero la pureza hace que lo santo no esté incapacitado para relacionarse con las cosas santas y en especial con la fuente de
toda santidad que es Dios el único verdaderamente santo.

Podemos comparar la pureza con la limpieza y la impureza con la suciedad. El contacto con las cosas de la vida diaria, con las cosas profanas, nos deja impuros, por eso para acercarse a Dios hay que hacer una serie de cosas que nos purifican.

Quizás estas cosas de nuestra experiencia nos ayuden a entender lo que estamos diciendo. En nuestra experiencia diaria sentimos la impureza como una mancha que nos ha caído con culpa o sin culpa, y que tenemos que quitarnos por ejemplo para
poder comulgar. Hay veces que no hemos pecado y por tanto no tenemos culpas que nos impidan comulgar pero nos acercamos a la confesión buscando pureza porque sentimos que muchas cosas hechas más o menos sin querer, o vividas sin culpa, por ejemplo oír conversaciones incorrectas sin participar realmente en ellas, haber dejado de asistir a la Eucaristía por estar enfermos, haber comido carne sin darnos cuenta que era día de vigilia, y tantas otras, nos han dejado sucio e impuros y no nos atrevemos a acercarnos a lo Santo, sin habernos purificado antes por la confesión. Otras veces, por el contrario, tocamos las cosas santas de la Iglesia, o sobre todo, hemos tocado la Sagrada Forma y sentimos que antes de tocar cualquier cosa profana tenemos que eliminar correctamente la santidad que afecta a nuestras manos mediante algún lavatorio.

Impureza no se identifica con culpa o pecado, aunque a veces a la impureza se le llame pecado en la Sagrada Escritura por ser algo que nos impide una relación
directa con Dios. Para los judíos había muchas cosas que dejaban impuros:

- Comer determinados alimentos, e incluso tocarlos. Eran impuros el cerdo, los rep_les, las aves rapaces, los crustáceos y los mariscos y otros muchos.

- Tener trato con cadáveres de animales o de personas. Incluso los que trabajaban con pieles de animales eran considerados impuros.

- Sufrir determinadas enfermedades de la piel, o tocar a quien las padecía o las cosas que había tocado el impuro.

- Sufrir flujos de lo relacionado con la sexualidad, como el semen o la sangre de la menstruación

- Todo lo relacionado con la idolatría y el culto a dioses falsos.

-Tener trato con los que no son judíos y sus cosas. Dejaba impuro entrar en casa de los
paganos, y sobre todo, comer con ellos. También tocarlos o tocar sus cosas dejaba impuro.

PURIFICACIONES
Para librarse de la impureza había dos medios principales: las abluciones y lavatorios, por una parte y, por otra, la ofrenda de determinados sacrificios en el templo.

Las abluciones lavados se hacían mediante baños o aplicándose agua en las manos, los pies o la cara. Muchos objetos relacionados con la comida, la ropa o utensilios de la vida diaria debían ser lavados en diversas ocasiones para librarlos de impurezas.

En las casas había vasijas para facilitar estos baños y lavatorios, que se hacían varias veces al día, según las circunstancias. Estas abluciones eran obligatorias antes de las
comidas, del sueño y de las oraciones. Por supuesto no se podía entrar en el templo
en estado de impureza.

 Los sacrificios prescritos por la ley para las purificaciones se practicaban sobre todo en relación con los nacimientos y en relación con la consagración de los sacerdotes o para habilitarlos para el culto.

Especialmente importante era el sacrificio del día de la expiación del que habla Levítico 16. En este día el sumo sacerdote ofrecía sacrificios para purificarse él mismo y los demás sacerdotes así como todo el pueblo de Israel, librándose de las impurezas contraídas durante todo el año.

JESÚS Y LA IMPUREZA
Para Jesús la verdadera impureza no viene causada por circunstancias externas sino por las determinaciones voluntarias de las personas. En Marcos 7 tenemos el texto más explícito a este respecto:

15 nada que entre de fuera puede hacer al
hombre impuro; lo que sale de dentro es lo
que hace impuro al hombre».

Con el cristianismo, pues se da un salto del concepto de pureza ritual al de pureza

moral, aunque ya en el AT encontramos textos significativos en este mismo sentido, por ejemplo el salmo 15 (14)

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