viernes, 23 de diciembre de 2016

Vivir y celebrar el Misterio de la Navidad

La estrella de Belén es todavía hoy una estrella en la noche oscura. Las tinieblas cubrían la tierra y Él vino a nosotros como la luz que alumbra en las tinieblas, pero las tinieblas no lo recibieron. A aquellos que lo recibieron, les trajo Él la luz y la paz; la paz con el Padre en el cielo, la paz con todos aquellos que igualmente son hijos de la luz y del Padre celestial y la profunda e íntima paz del corazón. Pero de ninguna manera la paz con los hijos de las tinieblas. El Príncipe de la paz no les trae a ellos la paz, sino la espada. Para ellos es él piedra de tropiezo, contra la cual chocan y se estrellan.

El Niño del pesebre extiende sus bracitos y su sonrisa parece predecir lo que más tarde pronunciarán los labios del hombre: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt.11,28). A aquellos que escucharon su llamada, a los pobres pastores, a quienes el resplandecer del cielo y la voz de los ángeles les anunciaron la buena noticia en los campos de Belén y que, poniéndose en camino, respondieron a esa llamada diciendo: “Vamos a Belén” (Lc.2,15); también a los reyes que desde el lejano Oriente habían seguido con fe sencilla la maravillosa estrella, a todos ellos les fue derramado el rocío de la gracia que emanaba de las manos del pequeño Niño y fueron “colmados de un gran gozo”(Mt.2,10)

Frente al Niño recostado en el pesebre se dividen los espíritus. El es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. El pronuncia su “sígueme” y el que no está con El está contra El. El nos lo dice también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas.

No sabemos lo que el Niño divino nos tiene reservado en esta tierra y tampoco debemos preguntárnoslo antes de tiempo. Sólo una cosa es cierta: que todo lo que sucede a quienes aman al Señor es para su propio bien. Y además, que los caminos que nos conducen al Salvador traspasan los límites de la vida terrena.

¡Oh admirable intercambio! El creador del género humano nos presenta su divinidad al tomar un cuerpo. El Salvador ha venido al mundo para realizar esa obra admirable. Dios se hizo Hijo del Hombre para que todos los hombres llegaran a ser hijos de Dios. 
Cuando la Bienaventurada Virgen María pronunció su “fiat” entonces comenzó el reino de los cielos en la tierra, y ella fue su primera servidora; y todos los que con palabras y hechos, antes y después del nacimiento del Niño, se proclamaron suyos -San José, Santa Isabel con su hijo y todos los que estaban junto a El en el pesebre- entraron a formar parte de ese reino celestial. 

Cristo ha venido al mundo para reintegrar al Padre la humanidad perdida, y quien ama con su amor quiere también a los hombres para Dios y no para sí. Este es, sin duda alguna, el camino más seguro para poseerlos eternamente, pues si hemos acunado a un hombre en Dios, entonces llegamos a ser uno con él en Dios.

Ser hijo de Dios significa: caminar siempre de la mano de Dios, hacer su voluntad y no la propia, poner todas nuestras esperanzas y preocupaciones en las manos de Dios y confiarle también nuestro futuro. Sobre estas bases descansan la libertad y la alegría de los hijos de Dios El Niño divino llegó a ser nuestro maestro y nos ha dicho qué es lo que tenemos que hacer. No basta con arrodillarse una vez al año frente al pesebre, dejándose cautivar por el mágico encanto de la Nochebuena para que la vida humana sea inundada de la vida divina. Más bien es necesario que toda nuestra vida esté en contacto con Dios, que pongamos oído atento a las palabras que él ha pronunciado y que nos han sido transmitidas y que las llevemos a la práctica. Sobre todas las cosas, hemos de rezar tal como el mismo Señor nos lo enseñó y con insistencia nos lo inculcó: “Pedid y recibiréis” (Mt.7,7). 


“¡Y el Verbo se hizo carne!” He aquí la Verdad sublime del establo de Belén. Esa verdad, sin embargo, alcanzó todavía una nueva plenitud: “El que come mi carne y bebe mi sangre, ese tiene la vida eterna”. El Salvador que sabe muy bien que somos hombres y que permanecemos hombres, que cada día tenemos que luchar con innumerables debilidades, viene en nuestra ayuda de manera verdaderamente divina Así como el cuerpo necesita del pan cotidiano, de la misma manera necesita la vida divina de un sustento duradero. “Este es el pan vivo bajado del cielo” (Jn. 6,58). Quien hace de El su pan cotidiano realiza en su persona cada día el misterio de la Nochebuena, de la Encarnación del Verbo. 

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