jueves, 15 de diciembre de 2016

Demiurgos sin dejar se der humanos. Iturgáiz e Iribertegui

Domingo Iturgáiz lo veías como si tal cosa. Seleccionaba vidrios rotos, fragmentos de mármol y piedras raras, pequeños girones de materia inerte que brillaba. Lo metía todo en un saco como los mendigos de las leyendas. Y se ocultaba en soledad y en plan avaro recuenta las monedas y micro tesoros que ha capturado en la jornada. Y después viene un juego de lápices y diseños. Y después, con tiempo y arte, se despliega sobre la superficie virgen de una fachada, como un lento rio de belleza, todo un universo de personas y paisajes, de símbolos y naturalezas, de luces y brillos. Una cerámica acabada es un mundo vivo que invade la calle, que atrae los ojos, que hace brotar pensamientos nuevo s y que emociona al espectador. Estamos hablando del poder oculto y transformador del arte.

Miguel Iribertegui, más recogido, más interiorizado, llevaba en su cabeza un biblioteca interminable. Y en su corazón un factoría de colores y versos. Y así, rodeado de barros rezumantes de agua, como Dios en las vísperas de la creación, modeló figuras, gestos, miradas, sonrisas. Después las puso en bronce. A continuación lo vertía todo sobre pentagramas insólitos o lo relataba en bellísimos tratados de teología. Fue en realidad un fraile del renacimiento que pregonaba un único discurso, una sola prédica sagrada y civil: el sermón de la belleza.

Son dos caballeros del arte, dos militantes de la estética, dos activistas de lo bello con prisa en su creatividad por cambiar la vida . Recordando aquello de Dostoievski: “sólo la belleza es capaz de salvar al mundo”.
Gonzalo Blanco

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