jueves, 17 de noviembre de 2016

Santa Isabel de Hungría

Sobre la dura corteza espiritual de la Edad Media, hendida por la gracia de Dios, brotó una de las flores más delicadas de la Cristiandad: Santa Isabel de Hungría.

Las etapas de su vida parecen una fábula, pero si miramos más allá, descubrimos en esta santa las auténticas maravillas de la gracia y de las virtudes (1207-1231).
Entre las flores de santidad que por el carisma de San Francisco crecieron en todo el mundo, la más bella flor de Alemania fue Santa Isabel. Desde la edad de 4 años fue declarada novia del príncipe Ludovico de Turingia.

En tan tierna edad dejó su patria y fue entregada a la custodia de su futura suegra, la princesa Sofía. Fue hija del rey de Hungría y nació el año 1207. Una característica de la pequeña Isabel era su amor a Jesús Sacramentado, ante Quien se postraba frecuentemente en la capilla del Castillo de Wartburg.

Desde niña, también acostumbraba llevar a sus compañeros de juegos a rezar a la capilla; repartía su merienda entre los niños pobres y no quería llevar corona de perlas viendo a Jesús con espinas. A los 15 años se casó con el príncipe, que entonces contaba con 21 años de edad.

Este matrimonio fue inmensamente feliz, pero desgraciadamente duró muy poco tiempo. A los seis años de casados, el esposo se unió a los caballeros de una cruzada para rescatar la Tierra Santa del poder de los musulmanes, y murió a consecuencia de una fiebre maligna que contrajo el año de 1227.

Isabel, con sus tres niños pequeños, recibió la noticia de la muerte de su esposo y lloró tristemente. Ludovico, junto con su esposa, habían purificado el ambiente feudal de su territorio y habían hecho justicia a los pobres campesinos explotados por los nobles.

Al dejarlo todo por amor a Cristo pobre, cumplió el Evangelio al pie de la letra. Su confesor, ciertamente bien intencionado, quiso llevarla por el camino de una obediencia extraordinaria, a una amistad íntima con Cristo, al ejemplo de San Francisco y Santa Clara.

Asimismo, confirmó la heróica caridad de Isabel. Una vez le preguntaron cómo dar limosnas, si no se tenía dinero, y contestó: “Siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos”. Y ella practicaba lo que aconsejaba. Isabel tenía un corazón extraordinariamente compasivo.

Sentía en carne propia no sólo los sufrimientos de Cristo, sino también los de cada ser humano explotado, marginado, enfermo y sumido en la detestable miseria de aquellos tiempos. El amor y la penitencia la habían agotado en plena juventud. Tenía 24 años cuando el Señor se la llevó al Paraíso, el año 1231. Cuatro años más tarde Santa Isabel era canonizada por Gregorio IX.

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