viernes, 28 de octubre de 2016

Olivier Poquillon OP, secretario general de COMECE

«El Brexit nos da la oportunidad de dejar hablar a la creatividad»

El dominico Olivier Poquillon (París, 1966) estudió Derecho Internacional. Ha sido capellán militar en los Balcanes y Oriente Medio, profesor en Irak y delegado de su orden ante la ONU. En septiembre comenzó su labor como secretario general de la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), que esta semana celebra su Plenaria

Incapacidad de responder a la crisis de refugiados, Brexit… ¿Qué le ocurre a Europa?

Cuando una estructura se hace compleja, se vuelve más frágil. Le pasó al Imperio romano. Pero también hay una crisis de contenido: ¿Dónde está el alma de Europa? ¿Qué queremos hacer juntos para beneficio de todos? La prioridad tendría que ser invertir en un proyecto común, primero a nivel nacional. Este compromiso es decisión de cada país. Pero hay otro problema, antropológico: ¿Cuál puede ser la referencia común en un sistema individualista? La lucha hoy no es entre norte y sur, o entre este y oeste, sino entre un punto de vista individualista y uno personalista. Para los cristianos la referencia es Dios y su encarnación, que nos llevan a esta perspectiva. La propuesta de la Iglesia es redescubrir una antropología personalista y el bien común.

¿Hay futuro para la integración europea?
Integrar sin una política común es como construir una herramienta muy compleja sin saber usarla. La cuestión no es a qué soberanía renunciamos, sino qué queremos compartir. Hoy las puertas están abiertas. Nadie sabe lo que va a ocurrir. La crisis del Brexit nos da una oportunidad fantástica de reunir todas las buenas voluntades y dejar hablar a la creatividad. Y, si no todos quieren hacer lo mismo, asumir que unidad no quiere decir uniformidad.

¿Cómo valoran los obispos los polémicos tratados de libre comercio que la UE negocia con Canadá y Estados Unidos?
Por primera vez, se ha logrado una posición común entre las conferencias episcopales de Estados Unidos y Europa. La enviamos a los negociadores y a los Estados miembros. La Comisión nos envió una respuesta amplia. Necesitamos acuerdos de comercio para el buen desarrollo de las economías. Nosotros recomendábamos poner al ser humano en el centro; desarrollar una economía humana, no sistemas que se retroalimentan sin respeto por las personas, las familias y las sociedades. Además, en un acuerdo entre estados debe tener un lugar la reciprocidad. No tomamos posición sobre si los tratados cumplen estos requisitos. Sí poníamos el dedo en la llaga sobre cuestiones como el acceso a la justicia, que no nos parecía bien hecho. Y subrayábamos que era importante tener una negociación abierta que involucrara a todos los actores implicados.

En 2010, la UE se comprometió a reducir la pobreza para 2020 y la COMECE propuso a los estados medidas concretas. La Plenaria vuelve sobre este tema. ¿Se ha avanzado algo?
No es el papel de los obispos decirlo. Lo que puede decir la Iglesia, porque es un actor sobre el terreno, es que en Europa hay una pobreza estructural que tiene que ver con las decisiones de los gobiernos. Una parte de la sociedad no puede ejercer sus derechos porque está centrada en sobrevivir. También hay una pobreza escondida, como la de los jóvenes que no pueden fundar una familia porque no tienen un salario decente. Otro dato es que toca a todos los países. En Alemania el 17 % de la gente vive bajo el umbral de la pobreza. En Francia, con una economía no tan favorable, es el 14 %. Es una preocupación para los obispos que, con una economía dinámica, algunas decisiones de los gobiernos no permitan a las personas desarrollarse y mantener a su familia.

¿Cómo afecta la perpetuación de la pobreza al proyecto europeo?
La Iglesia no es profesora de economía, pero tiene el papel de recordar a los estados el objetivo último de esta. No vale la pena si solo busca tener buenos datos sin impacto real en los seres humanos. Es la persona, no la economía, quien ha sido creada a imagen de Dios. El objetivo de la construcción europea no es ella misma, sino ser una herramienta para la paz. Nunca antes había habido 70 años de paz y relativa prosperidad en Europa. Pero paz es también permitir el desarrollo integral de la persona. Esto no se puede hacer sin tomar en consideración los efectos colaterales de algunas políticas sobre los más débiles. Si quiere recuperar la credibilidad, la UE tiene que aparecer como servidora de los seres humanos, como algo útil en su vida cotidiana.

Europa habla mucho sobre sí misma. ¿Qué papel puede jugar fuera de sus fronteras?
A Europa le falta confianza en sí misma. Ha sido una experiencia exitosa de reconciliación. Podría tener una voz mucho más fuerte, pero se predica primero con el ejemplo. En los acuerdos que tenemos con los países en desarrollo hay un margen de mejora en términos de justicia. Y sin justicia en esos acuerdos no podemos resolver las crisis migratorias ni tendremos paz en las fronteras. La Escritura dice que la justicia y la paz van de la mano.

                                                                                                    María Martínez López

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