lunes, 26 de septiembre de 2016

Es gay y defendía el «matrimonio» gay, ahora coincide con Bergoglio: «Es una victoria del diablo»


Doug Mainwaring confiesa que siente atracción por el mismo sexo y que en tiempos militó a favor de la revolución sexual y del llamado "matrimonio" homosexual. Hoy su posición es muy distinta, coincidente con la expresada por el entonces arzobispo de Buenos Aires, y es un activista en favor del matrimonio tradicional y de los derechos de los niños a tener un padre y una madre. Pronto publicará un libro titulado Marriage, Ground Zero: The Real Battle Dawns [Matrimonio, Zona Cero: empieza la batalla real], algunos de cuyos argumentos adelanta en el siguiente artículo publicado en The Public Discourse:


Hasta ahora, para tratar el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo, he utilizado únicamente argumentos seculares que incluían la lógica, la razón y la experiencia. Era mi planteamiento inicial acerca de esta cuestión. Pero como expliqué en Public Discourse el año pasado, una vez que empecé a pensar, a razonar y a examinar mi vida, algo extraordinario ocurrió: no podía parar. La razón me llevó a reconocer la ley natural, que a su vez me llevó a rechazar algunas de mis anteriores maneras de pensar y actuar. La razón me llevó a reconocer a Dios.


Ahora soy cristiano y aunque soy una persona con atracción hacia el mismo sexo -o, sería más correcto decir, porque soy una persona con atracción hacia el mismo sexo-, me maravillo ante el extraordinario significado que tiene el matrimonio en el plan eterno de Dios. El matrimonio está bajo asedio porque es el centro de la Buena Nueva del Evangelio.
No soy filósofo ni teólogo. No tengo una licenciatura, pero intento ser un observador informado y contribuir con la lógica de la mejor manera posible. Como antiguo defensor de la revolución sexual y como homosexual que defendía el matrimonio entre personas del mismo sexo, he aquí mis conclusiones.

Una batalla espiritual 
No importa lo que se lea u oiga, el centro de la batalla en torno a la redefinición del matrimonio y a la ideología de género en nuestra cultura no está en los tribunales, las legislaciones, las urnas o los medios de comunicación. No es un tira y afloja entre partidos políticos, entre derechas e izquierdas, entre conservadores y progresistas. No es tampoco una batalla entre "gays" y "heterosexuales". Y aunque es absolutamente necesario centrar el debate en la libertad religiosa, si éste se trata de manera aislada, el resultado es el fracaso.
Esta es una guerra de un reino contra otro. Es, en lo más hondo, una batalla espiritual.
Aceptar esto como una batalla espiritual tiene ramificaciones personales profundas. Todos tenemos que examinar y enfrentarnos a nuestra propia pasividad y culpabilidad espiritual cuando abrazamos frívolamente las maneras del mundo. Todos somos responsables. Esta batalla depende de una sola cosa: la creación de una cultura matrimonial vibrante que se base en la participación de millones de individuos que valoran y se comprometen con la verdad espiritual del matrimonio. Todas estas personas deben comprometerse no sólo con los aspectos estructurales y tradicionales del matrimonio, sino también con su importante y vital componente espiritual. El futuro depende de nosotros, de ti y de mí.
La intervención de Doug en la Marcha por el Matrimonio de marzo de 2013.
Actualmente, muchas personas reprenden a quienes nos oponemos al matrimonio homosexual diciéndonos: "La batalla sobre el matrimonio ya se ha decidido. Cambiad de tema". Por ahora, como realidad política, parece que esto es así. Sin embargo, hay una realidad más amplia, de mayor envergadura, de la que debemos ser conscientes: la realidad espiritual. Si la batalla política parece haber concluido, al menos por un tiempo, la batalla espiritual acaba de comenzar.

El rápido cambio desde la igualdad de derechos al matrimonio homosexual
No hace mucho, los activistas LGBT como yo luchábamos por la "igualdad de derechos". Sólo queríamos poder disfrutar de los mismos beneficios que las parejas casadas. Pero de repente, con una rapidez increíble, el debate cambió. La batalla ya no era por los derechos y los beneficios, sino por una palabra muy conocida de diez letras: "Matrimonio".
En una fecha tan cercana como es el año 2010, incluso el Washington Post luchaba por las uniones civiles más que por el matrimonio entre personas del mismo sexo: "La justicia y la simple decencia exigen que las parejas del mismo sexo puedan tener la misma protección legal y los beneficios que el matrimonio que, por ahora, están sólo reservados para las parejas heterosexuales…. Pero el grupo [Equality Maryland] y sus legisladores no tendrían visión de alcance si no consideraran -o aceptaran- todo lo que las equipare al matrimonio. (…)  Los legisladores que apoyan esta propuesta deberían considerar si son las uniones domésticas o las uniones civiles las que tienen mayor facilidad de ser aprobadas".
Hay una sorprendente tiranía en todo esto. Los hombres y mujeres que se atreven a expresar sus dudas respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo son vituperados públicamente y se les castiga con rapidez. Ni las personalidades más poderosas y destacadas de la tecnología, la medicina o de Wall Street quedan inmunes. Y cada día se obliga a pequeños negocios -floristas, pasteleros, fotógrafos y propietarios de pequeños hoteles- a renunciar a sus razones, su inteligencia y su conciencia para acatar la nueva y superior definición de matrimonio.
¿De dónde procede esta tiranía, esta furia poderosa, esta voluntad sobrenatural que obliga a ejecutar esta nueva idea? ¿Cómo es posible que el matrimonio entre personas del mismo sexo haya aparecido en nuestra nación y, de hecho, en todo el mundo de una manera tan repentina? Hasta hace pocos años era una idea ridícula y absurda. ¿Por qué este nuevo y extraño curso está controlando el planeta, y a este ritmo tan frenético?
El corazón del problema: nosotros
Todo esto ocurre porque nosotros, los cristianos, hemos permitido que nuestras mentes se emboten, se oscurezcan, se depraven. Hemos permitido que esto ocurra, no por maldad hacia Dios o por mala intención, sino porque nuestras mentes pasivas nos han llevado a vidas pasivas y a ser testimonios débiles, impotentes, mutables y a veces confusos del Evangelio y de la vida de Cristo.
En decir, el mundo ha hecho un trabajo mejor evangelizándonos a nosotros, que nosotros evangelizando al mundo según la maravillosa Buena Nueva del Evangelio.
Una victoria del diablo
Defender los derechos constitucionales y la dignidad humana de quienes sienten atracción por el mismo sexo es una cuestión de decencia humana fundamental. Pero el matrimonio entre personas del mismo sexo es otra cosa muy distinta. Como homosexual, déjenme hacer lo que quizá sea una declaración sorprendente: el matrimonio entre personas del mismo sexo es una gran victoria para el diablo, mucho más grande de lo que nunca fue, o será, un acto o relación homosexual individual. El matrimonio entre personas del mismo sexo se mofa de la relación de Cristo con su Esposa, la Iglesia. Este es el origen de la furia mostrada contra quienes se oponen al matrimonio entre personas del mismo sexo.
Obviamente, sólo unos pocos creen verdaderamente en la misión de establecer el matrimonio homosexual. La gran mayoría de sus defensores son sumamente pasivos. La mayor parte de la gente prefiere esquivar totalmente la cuestión y, bien a través del silencio o de una empatía equivocada, apoyar débilmente algo que, en la profundidad de su corazón, saben que no está bien. Pero Satanás está satisfecho con nuestra colaboración, ya sea deliberada o pasiva. Él capta a hombres y mujeres para que abracen una mentira, engañándoles para que crean que es una misión justa para situarse en "el lado justo de la historia".
Es imposible comprender el significado de esta batalla si se tiene únicamente una perspectiva terrenal de la misma. Es necesaria una perspectiva celestial. Para la humanidad el matrimonio es una degustación del paraíso, el modelo de eternidad que nos espera a todos los que pertenecemos a Cristo. La complementariedad no ha sido nunca secundaria en el plan eterno de Dios, sino que es central y revela la intención del corazón de Dios. De hecho, su existencia nos informa del amor esponsal de Dios hacia Su pueblo.
Con la complementariedad expulsada del lenguaje de nuestra cultura y suprimida de nuestras mentes, es casi imposible percibir la plenitud de las intenciones de Dios.
Ser pasivo es capitular
Ciertamente, no es la intención de la mayoría de los homosexuales y lesbianas que se casan burlarse de Dios y de su Iglesia. Son meros participantes pasivos de un plan más grande que ellos no perciben. Quienes se identifican como homosexuales y lesbianas son, como todos nosotros, simples seres humanos caídos que desean lo que ellos creen es la clave para su felicidad, sin comprender que lo que hay bajo la superficie son las tinieblas.
En las últimas décadas se han revelado las tácticas de Satanás: divorcio exprés, convivencia fuera del matrimonio, relaciones sexuales prematrimoniales, sexo por diversión, homosexualidad, bisexualidad, poliginia, poliandria, disforia de género, hijos nacidos fuera del matrimonio, anticoncepción, aborto, pornografía y otros. El fin de todas ellas es la aniquilación total del matrimonio mediante una definición no-conyugal y no-complementaria del mismo.
Por favor, familiarícense con las palabras del cardenal Jorge Bergoglio antes de ser Papa acerca del avance del matrimonio entre personas del mismo sexo en la sociedad: 
"No seamos ingenuos, no estamos hablando únicamente de una simple batalla política; es una pretensión destructiva contra el plan de Dios. Estamos hablando… de una maquinación del Padre de la Mentira con la intención de confundir y engañar a los hijos de Dios…".

En julio de 2010 el entonces arzobispo de Buenos Aires escribió una carta a los cuatro monasterios de monjas carmelitas de la diócesis explicándoles que la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo que se estaba tramitando ponía en juego "la identidad y supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos".

De esto somos ahora testigos. Cada familia, cada matrimonio, cada progenitor y cada hijo debe participar en esta batalla, una batalla en la que la pasividad significa rendición.
La narrativa necesita un cambio: de política a espiritual
Sólo el amor y la verdad pueden liberar de las garras mortales, frías y perniciosas de la revolución sexual y empezar a sanar a sus víctimas -y a quienes hemos sido sus responsables- de todas sus insidiosas consecuencias. Y en lo que atañe al amor, hay una jerarquía importante y fundamental:
-Bueno: el amor humano espontáneo, que incluye también una gran multitud de pecados.
-Mejor: el amor basado en la ley natural, que proporciona un sólido fundamento para construir una vida y las relaciones.
-Supremo: el Amor Divino, el Amor manifestado por la vida de la Santísima Trinidad: Poder Infinito, Sabiduría Impenetrable, Amor Inefable. Este es el Amor que nos llama, el Amor que nos inspira a dar la vida los unos por los otros.
El matrimonio -el auténtico- es un don inestimable de Dios, expresado y experimentado en y a través de la complementariedad. El matrimonio es una insignia luminosa, que no sólo nos atrae en este mundo, sino que nos prepara y nos acompaña hacia el eterno banquete nupcial.  

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