viernes, 5 de agosto de 2016

Dios y el mundo

Les pido atención, porque lo que vamos a comentar en este texto requiere una gran concentración. Entiendo que no es una cuestión fácil y, sin embargo, tiene mucha importancia a la hora de comprender bien lo que significa la relación de la creación con su divino Creador y de sacar provechosas consecuencias. Dios no es sólo causa de todo cuanto existe (creación), y de que se mantenga en el ser (conservación), sino que, además, con su acción omnipotente contribuye a su obrar.

 Es lo que se denomina el concurso de Dios, o sea, la acción por la que Dios hace posible también el obrar de las criaturas. De esto no tenemos muchas experiencias que nos lo aclaren porque cuando nosotros hacemos algo, un artefacto, nosotros somos la razón de que sea (lo hemos fabricado), pero normalmente cada cosa obra después con independencia de quien lo hizo. Un relojero fabrica un reloj, pero luego la máquina se mueve sola, aunque el relojero se aleje o incluso se muera. Esto se ve, también, en el caso de los hijos: no vienen a la vida sin la generación de los padres, pero una vez existiendo, cada vez logran mayor independencia de sus progenitores, a quienes deben su ser.

*Veamos cómo sucede con Dios. Dios ha dado el ser a todo cuanto existe, bien en el devenir de la evolución al mundo material, bien por una acción especial y directa para crear las realidades espirituales. Nada de cuanto existe escapa a su infinita acción creadora, todo le debe su ser. Y esta, como vimos, no sólo la hace de una vez, puntualmente, para después olvidarse del fruto de su poder creador, sino que su obra benéfica, su voluntad creadora sostiene y conserva toda la creación en el ser para que no decaiga en la nada. Si Dios retirara su aliento existencial de las criaturas, si su fuerza creadora cesara, éstas volverían sencillamente a aquella nada anterior a la creación.

*Pero hay más: también la posibilidad de obrar, que tienen los seres vivos, procede del Creador. De igual manera que ninguna criatura es causa de su mismo ser, sino que éste es recibido de una Causa mayor (Dios), tampoco la criatura es la razón última de sus movimientos, de sus acciones, sino que estos tienen su origen último en la misma Primera Causa. Dios, motor primero y absoluto, mueve todo a obrar conforme a su propia realidad específica, sin violentar su naturaleza concreta, les confiere la capacidad de realizar diversos actos. Santo Tomás de Aquino lo explica de manera intencional: es decir, que la inteligencia y la voluntad de Dios estarían en el origen de toda actividad creada. Las cosas actúan porque llevan –como inscrita dentro de sí- una intención que proviene de Dios. Dios sería como esa especie de aliento vital –aunque la expresión no sea del todo exacta- que permite a los seres vivos no sólo vivir, sino también obrar conforme a su propio ser.

*Esto no elimina la causalidad real de las propias criaturas, que no son meras marionetas de Dios. Él es la causa principal del ser de la criatura, pero también de su obrar; ahora bien, la criatura es causa real pero instrumental de los efectos de su acción. Algo así como cuando el flautista hace sonar la flauta (el ejemplo no es del todo adecuado, pero puede servirnos para aclararnos un poco): el músico es causa principal de la música que suena, pero esta no sería realidad sin la propia causalidad del instrumento. Dios es la causa del ser de un nuevo resultado, de una nueva cosa, aunque ésta sea producida, de manera instrumental, por una criatura que colabora con Él. La música, que es el efecto, requiere de la colaboración de ambas causas, aunque de cada una en un nivel distinto.

*Ya me hago cargo de que la explicación es compleja, y además demasiado breve como para ser comprendida correctamente. Pero quédense, si quiera, con la siguiente afirmación: Dios es causa absoluta e infinita de todo lo que existe en el mundo, de su ser, pero también de su obrar (en el caso de las cosas que actúan). Esto no quita nada a la causalidad creadora universal de Dios, pero tampoco elimina la autonomía de la propia criatura, ni su importancia como agente real. Insistiremos algo más cuando hablemos del problema de la libertad del hombre, en su relación con la influencia del poder de Dios.

Juan Carlos García Jarama 

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