lunes, 4 de julio de 2016

Jubileo Dominicano: El Santo Rosario como Oración por la Paz

El Rosario se ha propuesto muchas veces como una oración por la paz. Las graves dificultades que vive nuestro mundo nos hacen pensar que sólo una intervención de lo alto, capaz de guiar los corazones de quienes viven en situaciones de conflicto y de aquellos que guían el destino de las naciones, podría darnos razones para esperar un futuro mejor.

El Rosario es en sí mismo una oración por la paz ya que nos invita a contemplar a Cristo, el Príncipe de la Paz, aquel que es «nuestra paz» (Efesios 2,14). Todo aquel que medita el misterio de Cristo — y claramente, este es lo que busca el Rosario – aprende el secreto de paz y hace de él un proyecto de vida. Además, gracias a su carácter meditativo, a la sucesión tranquila de Avemarías, el Rosario tiene un efecto pacificador en el que ora, disponiéndole a recibir y experimentar en lo más profundo de sí mismo la paz verdadera, que es un don del Señor Resucitado (Jn 14,27; 20,21) y a irradiarla a su alrededor.

El Rosario es también una oración por la paz gracias a los frutos de caridad que él produce. ¿Cómo contemplar el misterio del Niño de Belén, los misterios gozosos, sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida o de apoyar a los niños que sufren por tantas razones alrededor del mundo? ¿Cómo recorrer las huellas de Cristo que se revela en los misterios luminosos sin decidirse a testimoniar de sus «bienaventuranzas» en la vida cotidiana? ¿Cómo contemplar a Cristo cargando con la cruz o a Cristo crucificado sin sentir la necesidad de actuar como «Simón de Cirene» ayudando a nuestros hermanos y hermanas aquejados por el dolor u oprimidos por la desesperación? Y, finalmente, ¿cómo contemplar la gloria de Cristo resucitado o de María, nuestra señora del Rosario, sin anhelar hacer de este mundo un lugar más bello, justo y cercano al plan de Dios?

En una palabra, al dirigir nuestra mirada hacia Cristo, el Rosario, orado en todo momento, pero especialmente en este año jubilar, nos llama a comprometernos a ser constructores de paz en nuestro mundo. El Rosario es todo lo contrario a un escape de los problemas del mundo, él nos reclama contemplar y predicar sobre estos temas a través del lente del Evangelio con una mirada responsable y generosa, dándonos al mismo tiempo la fuerza para afrontarlos con la seguridad de contar con la ayuda de Dios y con la intención firme de testimoniar en cada situación del «amor que es el vínculo perfecto» que une todo en perfecta armonía (Col 3,14).

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